Se le preguntó al Dalai Lama qué es lo que más le sorprende de la humanidad. A lo que respondió: “El hombre. Porque sacrifica su salud para hacer más dinero. Luego sacrifica todo su dinero para recuperar su salud. Luego está tan ansioso del futuro que no disfruta el presente. Y como resultado, no vive ni en el presente, ni en el futuro. Vive como si nunca fuera a morir, y luego muere como si jamás hubiera vivido”.
La mayoría de nosotros estamos en un estado de permanente desequilibrio interior pero no lo sabemos. Nuestros pensamientos, creencias, prioridades distorsionadas y emociones negativas pueden sabotear nuestra experiencia de vida. Es decir, pueden hacernos infelices. Nos pueden llevar, incluso, a la ansiedad, a las adicciones, al estrés o a la depresión. La enfermedad es una manifestación extrema de esto. En muchos casos, la enfermedad es un mensaje de nuestra alma. Hay algo que no está bien en nuestra vida y para ello tenemos que escucharnos, cambiar la forma como pensamos y como vemos el mundo. Y probablemente, tomar algunas decisiones de vida diferentes.
Las tradiciones orientales hablan del equilibrio, la paz interior o la armonía. Suena completamente imposible y hasta indeseable en un mundo tan intenso como el contemporáneo vivir en armonía. El discurso mental parece imparable y la mayoría de nosotros ni siquiera nos damos cuenta de que tenemos un discurso mental que puede estar determinando cómo nos sentimos y cómo vivimos.
Simplemente, le creemos todo lo que nos dice. Y su tendencia natural es negativa: critica, juzga, compara, se toma todo personal, hace conjeturas, desea aquello que no tiene, se siente insatisfecho, falto de sentido, y no agradece lo que tiene. Vive en el pasado y en el futuro. Todas, fórmulas perfectas para la infelicidad.
¿Dónde comienza el desequilibrio? Casi siempre en nuestra mente limitada (también definida como “ego”). Un pensamiento crea un hábito. Un hábito crea un carácter. Un carácter crea acción y las acciones crean nuestro destino. Por esto se hace tanto énfasis en el control de la mente en tradiciones como el yoga. Pero como nuestro cuerpo, mente y espíritu son uno, la falta de armonía puede venir también de un cuerpo débil, intoxicado y mal nutrido. El cigarrillo, el alcohol, las drogas, la falta de sueño, la mala alimentación, el sedentarismo, aunque no siempre nos lleven a la enfermedad, sin duda generan un desbalance interior. El tercer factor es el espiritual: cuando nuestra vida no está en armonía con nuestra propia voz interior, hay emociones negativas y hasta enfermedades que nos están enviando un mensaje. Esta vía nos pide acción, conciencia y transformación.
Resulta que el yoga como otras tradiciones orientales, es muy inteligente: busca precisamente liberarnos del dolor, (que viene del sufrimiento y la enfermedad), pero por el camino de salud integral, la paz interior y el amor. No de lo que compra el dinero, de acumular logros y reconocomiento o la falsa seguridad del poder. Hay muchísimas personas que lo tienen todo pero son miserables: será porque el mundo exterior no da sentido a la vida y además viene y va. Esta paz interior es serenidad, pero es equivalente para el yoga a algo más: a la misma felicidad incondicional. Aquella que trascienda los miedos, los rechazos y los deseos. Que nos libera del tener o el deber ser, mientras vivimos plenamente nuestra existencia terrenal y material, cuidamos nuestro cuerpo y nos orientamos hacia nuestro crecimiento.
El equilibrio es salud y plenitud
Estamos hechos para estar en equilibrio: es donde el ser humano realmente florece. ¿Moderación? ¿Mesura? ¿Ecuanimidad? Algo de eso necesitamos para estar en armonía. Pero, contrario a lo que creemos, la vida en equilibrio no es la vida de un monje necesariamente. Es nuestra misma vida, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestros sueños pero visto desde un prisma diferente que acepta nuestra humanidad y la compagina con niveles superiores de conciencia. Es el encuentro entre nuestro ser individual y nuestro ser universal. Aunque es el punto medio entre el mundo y el espíritu no quiere decir la vida a medias, sino la vida plena. Es precisamente un camino de salud, claridad mental, y la liberación de un espíritu auténtico y radiante.
La armonía de los diferentes elementos de nuestro ser hace que nuestro potencial se desarrolle plenamente. Nuestro potencial físico es más que ausencia de enfermedad: se traduce en salud y vitalidad. Nuestro potencial mental nos hace más lúcidos y creativos. Nuestro potencial espiritual nos hace fuertes, éticos y felices. Cada uno afecta y modifica los otros. "Mente sana en cuerpo sano", dice el dicho latino. Yoga quiere decir unión de cuerpo, mente y espíritu. Esta unión es natural pero la mirada occidental racionalista nos ha hecho olvidarlo. La salud es el equilibrio integral de nuestro ser.
El equilibrio es el estado donde nuestra mente está serena y puede ver con una mirada fresca, más sabia y compasiva, el presente. Donde estamos menos frágiles ante este mundo cambiante e impredecible. Donde nuestra mente insatisfecha y prejuiciosa encuentra contento. Donde hemos sanado y limpiado heridas interiores y todas las energías que nos conforman están desplegadas. Donde cada célula de nuestro cuerpo está sintonizada con la inteligencia universal.
Encontramos el equilibrio cuando fluimos con la naturaleza que está en nosotros y le damos lo que necesita para estar radiante. Cuando nos permitimos ser en toda nuestra salud y divinidad. Cuando nuestra naturaleza individual y material está en armonía con la espiritual y universal. Cuando podemos ser lo que somos y expresar nuestra verdad. Entonces, nos limpiamos de ruido, nos abrimos a la vida y vibramos con la existencia.
La paz interior está en soltar todo aquello que no nos sirve: heridas emocionales, relaciones tóxicas, dependencias, creencias, actitudes nocivas, hábitos destructivos. Preguntarnos: ¿esto verdaderamente me está haciendo feliz? Nos lleva a sintonizarnos con nuestra alma para tomar decisiones de vida que nos honren y nos permiten crecer.
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